Caravaggio, domador de sombras

El 18 de julio de 1610 falleció, después de una vida tumultuosa, Michelangelo Merisi da Caravaggio. Como artista fue uno de los precursores del tenebrismo, algo que bien podía ser reflejo de su vida personal, pues tenía una gran capacidad para meterse en líos por los que muchas veces fue procesado. 

Caravaggio dominó con maestría la técnica del claroscuro, que consistía en el uso de contrastes fuertes entre volúmenes muy iluminados y otros ensombrecidos. El término italiano chiaroscuro, aunque puede confundirnos en que significaría prácticamente lo mismo, fue atribuido al grabador italiano Uno da Carpi, que usaba esta técnica destacando una figura central acentuada por una fuerte iluminación que a veces puede resultar artificial. 

David vencedor de Goliat, Caravaggio (1599). Museo Nacional del Prado, Madrid

Esta técnica tuvo sus inicios durante la segunda mitad del Renacimiento italiano, el Cinquecento, y alcanzó su madurez en pleno Barroco con Caravaggio a la cabeza. Su desarrollo desembocó en el tenebrismo, a comienzos del siglo XVII, cuando las escenas representaban un violento contraste entre luces y sombras (el origen de la palabra viene del latín tenĕbrae “tinieblas”). El tenebrismo no es más que una aplicación muy radical y forzada del claroscuro, en la que la luz es más fuerte y el fondo es más negro.

En España, surgió como consecuencia del impacto que tuvo Caravaggio y su obra, y sus seguidores llegaron a denominarse caravaggistas, a pesar de que había un español afincado en Nápoles que también fue un gran dominador del juego de sombras: José de Ribera, el Españoleto. De esta pareja de tenebristas, salieron artistas como El Greco, Juan de Roaelas y Pedro de Campaña entre otros, y más específicamente en la escuela sevillana de Herrera el Viejo y Francisco Pacheco, salieron los mejores de su época: Zurbarán y Velázquez. 

San Jerónimo, José de Ribera (taller). Siglo XVII. Museo Nacional del Prado, Madrid

Así que el Renacimiento está llegando a su fin y con él surge una nueva época, más centrada en el dinamismo, los contrastes, el movimiento y la exageración: el Barroco. Si en la escultura tenemos a Bernini, en la pintura podríamos destacar a Caravaggio, que creció y aprendió en esa época de cambios entre el humanismo y el manierismo. Seguramente por su capacidad para atraer problemas, él se sentía más cómodo con las pinturas oscuras y vio el potencial expresivo que tenían las sombras sobre una figura fuertemente iluminada. Aquí llega un pintor que no se centra en la luz, si no en las sombras.

La crucifixión de San Pedro, Caravaggio (1601). Iglesia de Santa María del Pópulo, Roma

Viviendo en Roma en plena contrarreforma, se agarró al color negro y sus pinturas pronto fueron revolucionarias entre los mecenas del arte. Sus profetas y santos eran representados como gente real, abandonando esa perfección conseguida por un Miguel Ángel renacentista, y empezó a retratar basándose en modelos de la calle. En muchas ocasiones sus obras suscitaron debate, ya que se atrevía a pintar vírgenes con el rostro de prostitutas, santos como mendigos… vestidos con ropas contemporáneas, resaltando sus caras y envolviendo los fondos en tinieblas. Como todo lo “raro”, sus obras empiezan a suscitar interés y pronto el tenebrismo se convierte en tendencia.

Su vida personal, al igual que sus pinturas, está envuelta en esas mismas tinieblas, llena de altibajos, peleas, excesos y algún que otro atentado, nuestro Caravaggio era un conocido de los bajos fondos de Roma. Se movía por aquellas calles como una rata por las alcantarillas, y se fue ganando enemigos con el paso de los años, ya que tenía una gran capacidad para atraer problemas.

San Jerónimo escribiendo, Caravaggio (1608). La Valeta, Malta

La noche del 29 de mayo de 1606 mató, probablemente por accidente, a Ranuccio Tomassoni. El altercado se produjo durante un partido de pallacorda (parecido al tenis) cuando Caravaggio se encaró con el joven aristócrata y no dudó en derribarlo e intentar mutilarle el pene mientras lanzaba, según fuentes de la época, “una carcajada llena de ira”. La cuestión es que no llegó a conseguir su propósito, aunque sí le hizo un corte en una arteria que terminó por causarle la muerte poco después. Por este motivo, Caravaggio fue sentenciado a muerte por el propio papa Pablo V, a quien había retratado semanas antes.

Tras pasar por muchas ciudades, exiliado de su Italia natal, aterrizó en Malta, ciudad en la que también se hizo famoso por su comportamiento pendenciero y de la que acabaron expulsándole. De vuelta a Nápoles, fue agredido en la calle, hecho que le desfiguró la cara y le terminó de desquiciar el ánimo. Se dice que en sus últimos días dormía armado y pensaba que todo el mundo murmuraba contra él buscando su muerte. Su última obra, El martirio de santa Úrsula, es quizás la más oscura y lúgubre de toda su colección, lo que supone el fiel reflejo de su estado de ánimo en aquellos días, sus últimos días de vida. 

El martirio de Santa Úrsula, Caravaggio (1610). Palacio Zevallos Stigliano, Nápoles 

Pero antes de morir, todavía le quedaba por recibir el indulto y volver a Roma en 1610, hecho que quizás le habría servido para encarrilar su vida y su trayectoria profesional. No tuvo tanta suerte, pues en una escala en Porto Ércole (Sicilia) fue encarcelado al ser confundido con otra persona, y el barco que debía llevarlo a Roma zarpó sin él. Esto fue ya el broche final a una vida llena de peleas, confusiones, y algún que otro encarcelamiento. La disentería acabó afectando a su ya débil salud, y su estado de ánimo hacía meses que estaba quebrado, por lo que no había un bonito final para él, murió como vivió, entre tinieblas.

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